La fuerza de las tempestades, el poder de los vientos, el flagelo de las adversas condiciones climáticas, no dejan de castigar incesantemente las piedras de los monumentos históricos más preciosos, erosionándolos, deformándolos, convirtiéndolos en testigos mudos de la inexorable acción destructora de los elementos.
Ya sea en las misteriosas pirámides de Egipto, ya en los suntuosos templos orientales o en las portentosas fachadas de las catedrales románicas, como la de Coimbra, llama la atención apreciar las profundas cicatrices que las inclemencias del tiempo o las pasiones humanas han dejado en la roca.
Para enfrentar mejor el paso deletéreo de los siglos, algunos monumentos fueron hechos de un material más duradero que la piedra: el bronce. Su durabilidad y resistencia a la corrosión llevó a los griegos y romanos a utilizarlo en la fundición de grandes estatuas, de las cuales algunas se conservan en buen estado hasta hoy. La mayor parte de las que desaparecieron no fueron destruidas por las fuerzas de la naturaleza, sino por los hombres ávidos de usar la valiosa materia de la que estaban compuestas para la acuñación de monedas o en la refundición de nuevas estatuas.
El bronce también ha sido usado por numerosos pueblos, desde la más remota Antigüedad, en la confección de armas y de utensilios domésticos.
Su extenso uso se debe al hecho de que posee una hermosa apariencia y es de fácil maleabilidad, además de la perdurabilidad del metal.
El uso de esta peculiar aleación entre el cobre y el estaño fue introducido en Europa por los fenicios, según comprobados estudios. En este continente se usó ampliamente en la fundición de campanas, algunas tan imponentes como la Tsar Kolokol (campana del zar), la más grande del mundo, datada a mediados del s. XVIII y se encuentra en el Kremlin, en Moscú; pesa más de 200 toneladas y mide 6,14 m. de altura y tiene un diámetro de 6,6 m.
Por sus características y simbolismo no es de extrañar que el bronce haya sido el material escogido por Arnolfo di Cambio para perpetuar en una artística escultura, fundida en el s. XIII, la memoria del primer Papa. La famosa imagen, que se encuentra en la basílica del Vaticano, representa al príncipe de los Apóstoles sentado majestuosamente en su trono, sosteniendo en la mano izquierda las llaves del reino de los Cielos y la derecha paternalmente elevada para dar la bendición.
Los dos dedos extendidos recuerdan la naturaleza divina y humana de Jesucristo nuestro Señor, mientras que los otros tres se unen en una manifestación del misterio de la Santísima Trinidad. El pie derecho está hacia delante de manera natural, en una discreta invitación para ser venerado.
Cuando un fiel, de cualquier edad o nacionalidad, que visita la basílica princeps de la cristiandad, pasa ante la majestuosa imagen del primer Papa, siente una suave e irresistible fuerza que le impele a realizar un acto de devoción, que se repite ininterrumpidamente a lo largo de los siglos: besar el venerable pie de San Pedro. Constatará entonces que ese pie, de auténtico bronce, está totalmente desgastado.
No ha sido por estar a la intemperie, ni por la acción corrosiva de alguna sustancia, sino por los piadosos labios de los peregrinos, capaces de vencer con la dulzura del amor filial la proverbial dureza del bronce.
He aquí una admirable lección. En el mundo de hoy, tan marcado por la ambición y por la violencia, los hombres se equivocan procurando la solución de sus problemas en el dinero, en las tramas políticas o en las armas.
Antes deberían buscarla en la poderosa dulzura cristiana, más fuerte que los vientos y las tempestades, y contra la cual ni el más rígido metal se resiste.