“Hijo mío, ve hasta el emperador y cuéntale lo que te ha pasado. Si se ríen de ti, no te preocupes por ello, porque más vale decir la verdad que inventar una mentira para evitar que se burlen de uno”.
El teólogo no puede contentarse con poseer un conocimiento meramente académico, desligado de su vida. Para llegar a la verdad, es necesario que acepte su propia pequeñez y reconozca la grandeza de Dios.