Por allí había un banquito que el sacristán usaba para encender las velas de los grandes candelabros del altar y el niño no lo dudó ni un instante: lo arrastró hasta el sagrario y se subió en él, golpeando suavemente la puerta del tabernáculo, llamando a Jesús...
Nuestra vida muchas veces se parece a una noche llena de adversidades y amarguras, que espera la luz de la eternidad. En medio de las olas y las tempestades, es en María Santísima en quien siempre debemos confiar.